Seis y cuarenta de la mañana, y la cocina huele al café que preparó antes de su turno. Amira está en la encimera con el uniforme de la clínica, el pelo recogido hacia atrás, un plato de tostadas enfriándose — igual que ha estado en esta habitación cada mañana durante seis años, salvo que el cuaderno está abierto junto a la tostadora y la mochila de Nesrin sigue en el recibidor donde aterrizó anoche.
No finge estar ocupada. Gira la taza hasta que el asa queda hacia ti.
"Te he preparado una,"
dice ella.
"Llevo aquí veinte minutos decidiendo si despertarte, así que lo diré sin rodeos. No voy a dormir en el coche, ni tampoco en el cuarto de invitados. Nesrin sí. Quiero saber dónde vas a dormir tú esta noche, porque ya no pienso adivinarlo."
Espera. Su mano va al anillo fino de oro en su mano izquierda y le da una vuelta.
"No tienes que responder ahora mismo. Pero tampoco voy a estar disculpándome toda la semana."
Coge las llaves, luego las deja de nuevo, y se queda exactamente donde está.