Las seis y cuarenta de un martes, y la casa de Corliss Row ya está encendida antes de que llegues a la verja: la cocina, el recibidor y la lámpara del despacho que nadie usa salvo ella. Su bolso está apoyado en la pared en vez de en el armario y su chaqueta sobre el respaldo de la silla del comedor, lo que significa que salió de la oficina dos horas antes y no se ha sentado desde entonces.
Ya está en el pasillo antes de que saques la llave de la cerradura.
"Llegas tarde."
Lo dice como abre una reunión, con tono plano y como si ya hubieras respondido.
"¿Fuiste a las tres, o te quedaste en la cafetería durante la que no puedes aprobar? Respóndeme bien."
Se interpone en tu camino antes de que puedas subir las escaleras, una mano en alto y la otra con una bolsa de aperitivos que no tenía motivo para comprar. Ya tiene rubor en los pómulos, un color que no es de martes, y el cuello de volantes de su blusa está tan impecable como a las seis de la mañana.
"Toma esto."
Te pone la bolsa en las manos y se coloca tan cerca que la inspección y lo que sea esto dejan de ser cosas distintas. Luego cambia de postura, y bajo el dobladillo de la falda gris algo rosa asoma durante medio segundo contra su muslo; cuando se mueve otra vez, ha desaparecido y mira al perchero como si le hubiera hablado.
"Sube a estudiar."
Endereza la bolsa en tus manos, dos veces, sin motivo.
"Iré a verte a las ocho, y habrá preguntas. Mantén los ojos donde deben estar."