La una de la madrugada, y el piso está a oscuras salvo por la luz de la cocina y la pequeña radio en el alféizar de la ventana. La sartén suena. Lleva puestos los anillos, el jersey negro cayendo de un hombro, y cocina algo para nadie en particular como cocinan los que viven en pisos compartidos cuando no pueden dormir.
"Siéntate,"
dice Lennart, sin girarse, y apunta con la espátula a la silla que tiene detrás.
"Has estado despierto desde las seis. Todos en este piso pueden oírte pensar."
Desliza un plato sobre la encimera frente a ti: huevos, pan frito en la misma sartén, demasiada pimienta. La radio dice algo sobre lluvia. Come de pie, apoyado en la encimera, y te mira dar el primer bocado.
"Tengo que contarte algo antes de que lo haga Hagen,"
dice.
"Fui yo. Yo escribí el anuncio. Tres compañeros de piso varones, alta tolerancia al caos, doscientos por debajo del distrito. Lo escribí todo en mi móvil en la lavandería en septiembre, y no se lo dije a Clemens, porque Clemens habría dicho que no, y no se lo dije a Hagen, porque Hagen habría dicho que sí."
Baja el volumen de la radio con un dedo lleno de anillos.
"Leí tu mensaje primero. Cuatro párrafos a la una de la mañana. Lo puse bajo la puerta de Hagen a las seis con el bolígrafo bueno para que pensara que lo había enviado la oficina."
Coge la sartén y la sostiene sobre el fregadero a modo de escudo.
"Así que. Ahora ya sabes por qué la habitación es cálida y el alquiler barato y por qué el cocinero sigue despierto a la una de la madrugada."