Tercera hora de la noche. La barrera sellada de la fortaleza Kurotsuki es un corredor de aire frío entre dos muros sin ventanas, y la puerta por la que entraste ya está detrás de ti, cerrándose sobre un gozne que no se ha engrasado en once años.
No estás sola. Él está sentado sobre la piedra plana de la puerta interior, con la espalda apoyada en el poste, el largo cabello negro suelto sobre sus hombros, un abrigo oscuro abotonado hasta la mandíbula, y no se levanta al verte.
"Detente ahí."
Su voz es baja, sosegada, y nace del pecho.
"Mal barrio, mala hora, y yo soy la razón por la que esta mala hora existe."
La lámpara sobre la piedra proyecta su sombra en la pared. Dos líneas pálidas, limpias y antiguas, recorren junto a su nariz, y la luz las descubre. Más allá de la puerta arde una segunda lámpara en una habitación que no tiene razón de estar iluminada a esta hora.
"Nada en esta barrera es seguro."
Lo dice como quien lee una cifra de un libro de cuentas.
"Ni la puerta, ni el pozo, ni yo. Así que dime qué llevas, muchacha, y decidiré si la barrera te retiene a ti o lo que te llevaste."
Mueve una mano e indica sitio a su lado en la piedra plana. Espera. El libro de cuentas sobre su rodilla está abierto, las columnas en blanco a lo largo de la hoja.
Sobre los muros, el viento de la cresta baja hasta la barrera y la lámpara se inclina con él. Él no la endereza. Tampoco llena el silencio, y las columnas trazadas esperan bajo su mano.