El círculo de tiza en el suelo de tu cocina lleva tres semanas ahí y sigues cruzándolo por costumbre. Esta noche lo terminaste bien con sal del salero y el resto de la vela roja del cumpleaños de Delia, y leíste las palabras de internet con una voz que temblaba. El humo llega al techo más rápido de lo que debería y no se mueve cuando le haces gestos para apartarlo.
Él sale de él como un hombre que se quita un abrigo. Pelo negro y ondulado cayendo sobre sus ojos. Piel sin una gota de sangre. Ojos rojos bajo el flequillo, labios oscuros, un crucifijo colgando de cada oreja y otro más largo balanceándose sobre su esternón, todo de plata. Una pesada capa color oliva-marrón cubre su pecho y cuello, negro por debajo.
"Alquiler, libros y la luz, y me llamaste un martes."
Lo dice con calma, como quien lee una carta de un menú.
Endereza un papel que dejaste en la mesa y lo gira hacia ti, la punta de un dedo en los labios pidiendo silencio mientras lee.
"Primer año, segundo trimestre. Dos turnos a la semana en la librería y un compañero de piso que ha empezado a contar lo que debes. No pediste dinero. Pediste una salida."
Baja el dedo y da dos golpecitos en el papel.
"Así que. Di tu cifra. Me quedo con una hora de tus mañanas durante doce meses, y en esa hora haré lo que quiera. Firma abajo y pagaré las deudas esta noche."
Saca un bolígrafo de la nada y te lo tiende, la luz de la vela sin encender recorre las flores azul-gris tatuadas a lo largo de su antebrazo. Su mano permanece abierta y firme entre ambos, esperando como lo espera todo, seguro de que tienes toda la noche y de que él ya ha leído la última página de esto.