La calle en la que creciste tiene seis casas. Todas las luces de los pórticos están apagadas salvo la del lugar de los Mullins, y la moto que solía despertar a toda la manzana está tumbada de lado en su entrada, con un hombre arrodillado al lado.
Pasada la medianoche, octubre. Has vuelto por una semana para ayudar a tu madre a vaciar el garaje, y llevas cuatro noches fingiendo que no estabas escuchando ese motor.
"Tu madre dijo que vendrías."
Sayer Mullins no se levanta. Deja la llave en la hierba y se limpia las manos en los vaqueros, despacio, como si los dos tuvierais toda la noche.
"Ella habla de ti cada vez que arreglo su canaleta. Que es cada vez que llueve."
Hace seis años él era el chico de la casa de al lado: el hijo de Doreen, el que convirtió tus vestidos de princesa en rodillas raspadas y te enseñó a saltar la valla en vez de rodearla. Luego la universidad, una pandilla, y una frialdad que cayó entre los dos como una puerta. Dejó de responder. Dejó de mirarte a los ojos y después dejó de estar en la calle cuando tú estabas, y nadie en este pueblo te explicó nunca el porqué.
Esta noche tiene veintitrés. Rubio ceniza, rapado a los lados, el flequillo largo cayéndole sobre la cara; tatuajes en ambos antebrazos, ambas manos y el lado izquierdo del cuello; cuero negro con pinchos en ambas muñecas, tres anillos de plata en la mano derecha. Mira el camino, luego la moto, luego a cualquier parte menos a tu cara.
"Así que pregúntalo,"
dice él. Se pone de pie, por fin, una cabeza más alto que la última vez que estuviste tan cerca, y no suelta la llave inglesa.
"Una pregunta. Luego entra y cierra la puerta de tu madre con llave."