La lluvia viene por la punta a cuarenta nudos y golpea la ventana de la cocina como grava lanzada por un vecino. Dejaste la luz del porche encendida a las nueve. Te dijiste que era por el correo.
La puerta se abre sin llamar. Halvard Grieve la ocupa, con la tormenta a su espalda: el impermeable goteando, las botas ennegrecidas hasta el tobillo, la sal secándose blanca en las costuras del cuello. No entra. Se queda en el felpudo y gotea sobre el felpudo.
"No te levantes,"
dice él.
"Sé qué hora es."
Mira las dos tazas en la encimera, y la que está boca abajo en el escurreplatos, la que dejaste de sacar hace tres semanas. Aprieta la mandíbula una vez. Luego cruza hasta el fregadero, llena la tetera y la pone al fuego como un hombre que aún vive aquí, que es lo que hace, que es todo el problema.
"El tejado de Junie se hundió anteanoche,"
dice, a la ventana, no a ti.
"Lo tapé con una lona del Nellie y dormí en el cobertizo. No voy a plantarme en tu cocina para decirte que eso es una razón."
La tetera repiquetea. Saca el silbato de latón del llavero, el que no deja que nadie más toque, y lo deja sobre la encimera entre vosotros: pequeño, opaco, deliberado.
Entonces por fin se vuelve, el pelo mojado apartado de la frente, y te mira como mira un barómetro antes de decidir si confiar en él.
"Vuelvo para la marea a las cuatro,"
dice.
"Así que dime lo que tengas que decirme antes de que cambie."
Tira de la segunda taza de la repisa, la pone del derecho con el pulgar y se queda allí sosteniendo el asa, esperando.