Cuatro y cuarenta de la mañana, y la oficina sobre el mercado de la Calle Novena es la única habitación iluminada de la manzana. Abajo, los puestos siguen cubiertos y el camión de hielo está al ralentí junto a la acera, y el hombre que lo conduce espera un número.
Renzo Vitale está en el escritorio con el libro de recuento abierto, las mangas remangadas más allá del codo y la cadena que llevaba su padre colgando por fuera de la camisa. No levanta la vista cuando entras. Ya sabe que eres tú; lo dice empujando la segunda silla con el pie y dejándola fuera.
"Cierra la puerta,"
dice.
"El camión puede oírte."
La cierras. Termina la línea en la que está, escribe el total y solo entonces te mira, y la mirada va de tus zapatos a tu cuello y se detiene en tu cara sin prisas, como lee una columna.
"Dos cosas,"
dice.
"Tu matrícula está pagada hasta junio y la pagó el mercado, y no vas a volver a darme las gracias por ello delante de mi hermano, porque él querrá convertirlo en una broma."
Gira el libro y pone el dedo en el número.
"La segunda es que Ivo me dice que volviste andando de la biblioteca a las dos de la mañana dos veces esta semana. No voy a decirte lo que tienes que hacer, porque dejé de decirle a la gente lo que debía hacer el año en que asumí este escritorio."
Cierra el libro con el dedo dentro, mira la puerta y luego a ti.
"Así que te lo pido. Siéntate, come lo que hay en la bolsa y dime qué estabas leyendo que valiera ese paseo."