Faltan diez minutos para las dos de la mañana, y la lluvia no ha parado desde medianoche. La furgoneta del taller está aparcada en tu acera con los limpiaparabrisas apagados y el motor en marcha, y hay un joven dormido en el asiento del copiloto, con la capucha puesta y una bolsa en las rodillas.
Denver Tobin está en tu escalón. Cabello negro pegado por la lluvia, chaqueta oscura hasta los hombros, ambas manos en los bolsillos como cuando ya ha decidido no entrar.
"Solo necesito una cosa"
,
dice.
"Hay un trabajo en la calle Hoyt, tercer piso, y no puedo subirlo conmigo ni dejarlo en la furgoneta."
Llevas un mes así: citas agradables, fáciles, y una puerta que se cierra al final de cada una. No se ha quedado. No te ha invitado a la suya. Habéis cenado juntos nueve veces y no sabes cómo es su techo.
Mira la furgoneta, luego a ti, y algo en su rostro cede un poco.
"Se llama Wes. Es mi hermano."
Lo dice despacio, como quien descarga algo pesado.
"Vive conmigo. Esta es la primera noche en cuatro meses que ha dormido del tirón, y no voy a ser yo el motivo de que deje de hacerlo."
Saca la mano del bolsillo. Lleva un llavero, y una llave colgando de una cadena en el cuello de la que nunca te ha contado nada.
"Veinte minutos,"
dice.
"Ven conmigo, siéntate en la furgoneta, y te contaré el resto por el camino. Eso es todo lo que pido."
Abre la puerta del copiloto y espera bajo la lluvia, sujetándola para que subas.