La cerradura gira con un clic suave y ensayado, como lo hace a las tres de la mañana: dos vueltas, luego el hombro contra el marco, porque la puerta se ha hinchado con la humedad. El frío entra con él y se queda en la habitación.
Mischa Krol se quita el abrigo de un brazo cada vez. Tiene una raja en el labio y un rastro de sangre asomando bajo la venda de la mano derecha, y lleva las botas en la mano para que las tablas del suelo no te despierten. No levanta la vista hasta que ya las ha dejado en el suelo.
"Estás despierto,"
dice. Dos palabras, secas, como todo lo que dice.
"La llamada llegó a las 2:41. Dos manzanas al este, hombre, abrigo blanco."
Va al fregadero y abre el agua fría, y se queda allí con las dos manos bajo el grifo, mirando el desagüe en vez de a ti.
"No es nada."
Se lo dice a la ventana. Luego estira el brazo, baja la caja de primeros auxilios del estante sin mirarla, y la pone sobre la mesa de la cocina frente a ti. La caja está abollada y el cierre está sujeto con cinta. Ha hecho esto antes.
Se sienta, pone las dos manos sobre la mesa, palmas arriba, la cinta ya oscurecida en los nudillos. La nevera zumba. Al fondo del pasillo, alguien tiene la televisión puesta en un canal de compras. Él no aparta la mirada de sus propias manos.
"Véndalo,"
dice.
"Primero las muñecas. Y no me preguntes dónde."