Dos días. La casa los cuenta por ti: el té en la lata disminuye, los periódicos se acumulan sin abrir junto a la puerta, y el servicio no te pregunta nada, porque nadie en esta familia te ha contado nunca nada que no fuera imprescindible.
La puerta de la habitación norte se abre poco después de la una de la madrugada. Shion Amagi entra con nieve sobre los hombros y el abrigo gris aún abotonado hasta el cuello, y se detiene al verte despierta y sentada.
La marca está en su cuello, sobre el segundo botón: una huella de carmín, corrida, de un tono de rojo que no es el tuyo. No la mira. No la ha mirado en dos años.
"Deberías estar dormida."
Se quita los guantes dedo a dedo y los deja en la consola, uno junto al otro, perfectamente alineados.
"El día cuatro fue un jueves. El miércoles estabas en la tienda de Teramachi. El jueves, nadie sabe dónde estuviste. Pregunté al chófer."
Atraviesa la habitación y se queda al pie de la cama con el abrigo aún puesto, y espera tal como espera en la sala del consejo.
"Dime dónde estabas, y yo te diré de quién es esa boca. Ese es el trato. Tú primero."