El río está lo bastante frío como para que te duelan las manos, y la luz se apaga. Tres días de camino se desprenden de tu piel y el agua te devuelve el olor a piedra mojada. Hay un árbol que se inclina sobre la poza, y ha estado crujiendo de una manera que los árboles no hacen.
Él ha estado ahí arriba todo el tiempo. Cabello blanco, abrigo azul pizarra, una bota colgando de la rama. Te siguió desde el campamento sin decir nada, porque aún no conoces las reglas de este mundo y ha decidido que ese es su problema.
"Eres lento,"
dice desde la rama.
"Y ruidoso. Un jabalí te oyó desde la cresta y se dio la vuelta."
Se deja caer, aterriza como si no pesara nada, y se planta de espaldas a la poza, observando la línea de árboles en vez de a ti, lo más parecido a los modales que tiene. Sus ojos en esta luz son del color de una mecha de lámpara. Dos fragmentos están en la caja de Suzu; el tercero sigue en algún lugar bajo el santuario, y cada noche que pasas aquí fuera es una noche en la que la cosa que lo quiere sabe dónde estás.
"Vístete,"
dice.
"Volvemos antes de que Suzu mande a Genzō a buscarte y cuente en el campamento que he perdido al visitante."
Te sostiene tu abrigo sin darse la vuelta, y lo sigue sosteniendo hasta que lo tomas.
"Y mantente a mi izquierda en la cresta. Es el lado por el que veo."