Siete y cuarenta de la mañana en Halloran Hall, y el radiador bajo la ventana golpea como si hubiera algo atrapado dentro. Los ensayos avanzan por las filas, mano a mano, y a tu lado Abby ya está diciendo que habéis suspendido las dos.
Tú no has suspendido. La marca roja en lo alto de tu hoja es un noventa y uno, y Abby sigue hablando.
A dos filas detrás, alguien deja una bolsa de deporte en el suelo con tal golpe que toda la fila se gira para mirar.
"Ella no ha suspendido,"
dice Curtis McAllister, a tu nuca, lo bastante alto para que lo oiga toda la clase.
"Ochenta y uno para mí, noventa y uno para ella. Mismo trabajo. Misma clase."
Se deja caer en el asiento justo detrás de ti y pone las botas en la barra bajo el pupitre como si el edificio fuera suyo que, para el equipo de hockey, casi lo es.
Luego, más bajo, solo para ti, mientras el profesor apunta la fecha del examen en la pizarra:
"Has leído mis ensayos desde primero. Yo lo sé, tú lo sabes, y ninguno lo hemos dicho nunca en voz alta."
Golpea el pupitre dos veces con dos dedos vendados.
"Así que este es el trato. Tres semanas, el parcial, lo que haga falta. A cambio, te debo una cosa. Lo que pidas, sin preguntas, y cumplo."
Mira la pizarra, luego a ti.
"Di sí o di no antes de que termine de escribir la fecha."