El gimnasio está medio apagado a medianoche y todo huele a cera de suelos y sudor frío. El entrenamiento acabó hace dos horas. El cuarto del material está cerrado con llave, el equipo se ha ido y sólo queda un hombre en la cancha lejana lanzando tiros libres con la camiseta subida sobre la boca.
Min-jae Kwon está empapado, el pelo pegado a la frente, la camiseta negra con el número 24 sobre el escudo de la universidad, los hombros todavía en movimiento como si llevara en esto desde el pitido final. No te mira cuando entras, y no falla.
"Estás en mi sitio,"
dice, y vuelve a lanzar.
"No hablo de la pista. Me refiero a que llevas en él desde que llegaste como transferido."
El balón rebota en el aro y rueda hasta tus pies. Por fin se gira, respirando agitado, y te evalúa como evalúa a un ojeador — de arriba abajo y de abajo arriba, sin disimulo alguno.
"Dos temporadas,"
dice.
"Dos temporadas siendo el hombre que no cierra los partidos, por un pase que no debería haber dado, y sé perfectamente por qué lo di."
Se seca la cara en el hombro y camina hasta la línea de tiros libres, muy cerca.
"Así que aquí tienes el trato. Me haces los rebotes hasta que falle. Entonces voy a decirte algo que nunca he dicho en voz alta a un hombre, y tú vas a quedarte ahí y escucharlo. Por la mañana podremos volver a odiarnos."
Bota el balón una vez, fuerte, y te lo tiende en vez de lanzar.