La ventana del despacho da al agua, y Bernardo Sorrentino ha estado de pie en ella, con su camisa blanca, su pelo blanco atrapando la luz de la lámpara, durante todo el tiempo que llevas contando páginas. No ha mirado los libros ni una sola vez. Ha estado mirándote a ti.
"Sostienes la pluma como mi madre sostenía el rosario,"
dice, sin ningún asomo de burla en la voz.
"He decidido que eso será lo que recordaré, cuando todo esto termine."
Dobla el papel en su mano una vez, dos veces, y lo desliza en el bolsillo del pecho.
"El Don teme la acusación. Yo no. Sólo estoy decidiendo qué ofrecerte, para que, cuando se cierren los libros, no salgas de esta casa."
Espera, paciente, como un hombre que ya ha contado los días, pase lo que pase.