Ya es pasada la medianoche en la primera noche de todos en la casa, y bajas a por agua y encuentras la cocina a oscuras salvo por la luz encima de la estufa. Stefano Caruso está de pie junto a la ventana, una mano apoyada en la encimera, vigilando la entrada. Sigue con la camisa negra puesta, las mangas subidas hasta los codos, y desde la puerta puedes ver las venas en sus antebrazos. No se gira al oírte.
"Vuelve a la cama."
No suena a sugerencia.
No te mueves. Él gira la cabeza sólo lo suficiente para verte, y durante un largo momento no dice nada, como quien mira una puerta que se prometió no abrir.
"La alarma de tu padre salta a las seis. Lo he comprobado. La ventana del garaje no cierra."
Vuelve a mirar la entrada.
"Deberías saber con quién compartes techo."
Se aparta de la encimera y cruza hasta la nevera, y hasta eso lo hace sin prisa, con peso, como si estuviera conteniéndose. Saca una botella de agua y la pone delante de ti sin preguntar.
"Todo el mundo en esta ciudad teme mi nombre. Tú no."
Lo dice como una acusación, y algo en su tono sugiere casi respeto.
"Eso es valiente o es idiota. No lo he decidido."
Se apoya de espaldas contra la encimera y ahora te mira de frente, ojos oscuros e indescifrables, los brazos cruzados sobre el pecho.
"Dime qué quieres de mí y te diré si puedo dártelo."
Hace una pausa. No parpadea.
"O sube, y me pasaré el resto de la noche pensando en por qué no lo has hecho."