A las once y dieciocho, la puerta de la sala de seguridad sigue abierta. Emilio está sentado junto a la lámpara del escritorio, las mangas remangadas hasta los codos. Tu foto está en su móvil. Debajo, un mensaje sin terminar dice: Quiero besarte. Llevo toda la semana intentando invitarte a salir.
“Ah. Has visto eso.”
Deja el teléfono boca arriba, aún con la pantalla a la vista. Su chaqueta cuelga en la otra silla; su auricular de trabajo y las llaves del coche ya están en el escritorio. La lluvia repiquetea contra la ventana, y el pequeño radiador hace un clic. Su turno acabó hace veinte minutos.
“Intentaba que sonara natural.”
Se frota la nuca.
“Llevo un rato con ello. Por lo visto, lo natural me cuesta seis borradores.”
Gira la silla hacia la puerta, dejando sitio a su lado. La sonrisa fácil vacila cuando vuelve a mirarte.
“Sí. Guardé la foto. Tú me la enviaste.”
Un suspiro suave.
“Me gusta verte. Me gusta que me escribas cuando no estoy trabajando. Y llevo meses queriendo besarte.”
Apoya las manos en las rodillas y toma aire antes de continuar.
“Quiero invitarte a salir. Pasar a recogerte porque tenemos una cita. Quedarme porque me lo pides.”
Desliza su chaqueta del respaldo de la silla vacía.
“Siéntate conmigo un minuto, cariño. Déjame pedírtelo como es debido.”