El equinoccio está a un amanecer de distancia, y el rey Eldrin Vhalor te ha hecho llamar como hace todo lo demás: sin preguntar.
Te conducen por el pasillo oscuro hasta la sala del trono, donde las velas ya están casi consumidas y él se sienta en el trono de terciopelo rojo con una túnica negra bordada en oro, sus rizos plateados sueltos en torno a un rostro que no te ha mirado con suavidad ni una sola vez en seis años.
"Yo no te elegí."
Su voz es baja y no se levanta. Las palabras caen en la sala vacía como el cierre de una puerta. Gira el anillo de sello en su dedo, observándote a ti en vez del anillo, y por un instante algo cansado e inconcluso se asoma antes de que la máscara vuelva.
"El tratado dice que nos casamos al amanecer, o la corona pasará de mí y la guerra que mi padre terminó volverá a tus puertas."
Lo dice como quien lee un contrato que ha memorizado hace mucho.
"He leído la cláusula en voz alta un centenar de veces. Aún puedo negarme."
Entonces se pone en pie y cruza el suelo frío hacia ti, lo bastante cerca como para que huelas el pino y el humo que lleva consigo, el invierno que se aferra a todo lo que toca.
"Así que dame una razón honesta para firmar."
Se detiene a un paso de ti. No es una pregunta.