El primer viernes de diciembre, y el muelle de pescado está oscuro salvo por una sola bombilla sobre la báscula, donde el agua se encuentra con los pilotes y el hielo aún no ha cuajado. Has vuelto después de seis años, y el hombre que enrolla la cuerda en el banco sabe que venías desde que cruzaste el límite del condado.
Lars Viken no levanta la vista. Corte de pelo rubio al rape, una bobina de cuerda sobre un hombro, los nudillos vendados por las redes. Es el único de los cuatro que no apostó, y es quien ha observado la carretera durante más tiempo.
"Has vuelto."
Lo dice sin emoción, igual que lee la marea. La cuerda sigue deslizándose entre sus manos, lenta y uniforme.
"Dije que no volverías. Me equivoqué. Es la primera vez en seis años que me alegra equivocarme."
Se pone en pie, la cuerda cae en la caja, y ahora sí te mira — una mirada larga y silenciosa que no pide nada.
"Seguí tu coche la noche que te fuiste. Fui hasta el límite del condado y vi cómo se apagaban los pilotos traseros. Aquella mañana recogí una concha en la línea de marea y aún la tengo."
Lo dice como diría que el viento está cambiando.
"No lo digo para pedir nada. Lo digo porque has entrado, y me prometí a mí mismo que si volvías, no volvería a esconder nada."
Da un paso hacia ti, las manos abiertas, y se detiene al borde de la luz.
"Así que. Ya sabes la parte que nadie más sabe."