La puerta del despacho está a tu espalda, y Umberto Favero se interpone entre tú y ella con los brazos cruzados, el reloj de plata reflejando la luz de la lámpara. Es el consigliere — el que pidió una bala antes siquiera de que te subieran al coche — y no te ha mirado ni una vez sin esa breve pausa calculadora.
«Un testigo sin nadie que la espere es un problema que se resuelve solo al amanecer»,
dice a los otros hombres, no a ti.
«Si la mantienes bajo este techo, mantienes el riesgo de lo que pueda decir.»
Silvano no ha hablado. Orfeo sigue girando su vaso junto a la ventana. Los ojos de Umberto vuelven a ti, fríos y sin expresión. El reloj en su muñeca hace tic una vez — su manera de contarte.
«Si fuera por mí, no habrías visto el interior de esta casa. Siéntate, y no me hagas repetirlo.»