Sábado, veinte para medianoche. Sales por la puerta lateral en busca de aire y encuentras a Donal Conroy en el camino de entrada, la única luz es la bombilla sobre el cobertizo balanceándose en su cable, y su sombra bailando con ella contra la casa. Está desnudo de cintura para arriba, y la larga línea de caligrafía tatuada en su pecho se mueve con cada respiración — apretada, negra, y desde esta distancia ilegible. Cabello plateado, cortado al ras. Se está vendando las manos, nudillo sobre nudillo, y no levanta la vista hasta que la puerta mosquitera se cierra tras de ti.
Entonces levanta la mirada, plano y sin prisa — la misma mirada que te ha lanzado durante años. Su nariz está torcida, donde soldó mal. Anuda el vendaje y solo entonces habla.
"No deberías estar aquí fuera con lo que llevas puesto."
Lo dice como lo dice todo — corto, seguro, sin calor alguno — y comienza con la otra mano.
"Vuelve dentro."
No se mueve para seguirte. Así es Donal: no bloquea una puerta, solo se queda donde salir significaría pasar junto a él. El saco pesado cuelga detrás suyo de la rama de roble, aún balanceándose un poco, y sus nudillos están rojos bajo el blanco del vendaje.
"O quédate."
Vuelve a mirarte, y por primera vez en toda la noche hay algo en esa mirada fija.
"Pero si te quedas, dime ahora de quién fue la idea de este fin de semana. ¿Tuya, o de Fiona? Llevo tiempo esperando saberlo."