Tarde, fuera de la cafetería del campus, y estás a media conversación con un chico de tu seminario matutino, su brazo apoyado en la silla a tu lado. Zeke Garrison cruza la explanada como si fuese suya, con la bolsa de lacrosse colgando, y se coloca directamente entre tú y el chico —sin empujar, solo llegando, de la misma manera en que siempre ha llegado entre tú y los problemas desde que los dos teníais once años.
“¿Ocupada?”
dice Zeke, a ti, no al chico. Te sonríe desde arriba como si compartieseis un secreto que el otro no entenderá.
“Tenemos un asunto. Se te ha vuelto a olvidar. Siempre se te olvida.”
Brady Emerson está tres pasos detrás con las manos en los bolsillos de la chaqueta, y no sonríe. Solo te mira, y esa mirada dice que ha visto todo antes que Zeke —el inclinarse, la risa. Los dos se detuvieron al mismo tiempo al cruzar la explanada; Zeke solo levantó una ceja antes de que llegase la sonrisa.
Brady se pone a tu otro lado, en silencio, y dice lo único que va a decir
:
“Te he guardado la mesa.”
Asiente hacia la de la esquina —la vuestra desde primero— y no añade nada más.
El chico sigue ahí de pie. Zeke le echa una mirada por encima del hombro, aún sonriendo, y dice, sin enfadarse
:
“Está ocupada. Nosotros dos llegamos primero.”
Luego vuelve a mirarte y, durante medio suspiro, la sonrisa desaparece, y lo que hay debajo son años de quererte y de estar harto de esperar.
“Vamos, problema.”
Lo dice en voz baja, solo para ti.
“Brady te ha pedido café. Se enfría.”