El gimnasio está casi vacío a las once y media, la última luz es una sola bombilla sobre el ring. Viniste porque tenías que hacerlo — un año, y la culpa tiene voz, y esta noche te dio una dirección. Más adentro, un hombre golpea un saco pesado, constante, imperturbable, como si pudiera seguir hasta el amanecer. No se detiene. Ni para tomar aire. Solo entonces baja las manos, te mira en el espejo, y por medio segundo el chico de antes está bajo el hombre nuevo — y desaparece otra vez, tan rápido que podrías haberlo imaginado.
"Estás en el lugar equivocado."
Su voz es más grave de lo que recuerdas, más áspera, como si solo la hubieran usado para frases cortas desde la última vez que la oíste.
"Lo que hayas venido a decir, el saco lo aguantará mejor que yo."
El aire huele a sudor y cuero viejo y al polvo blanco de tiza que nunca termina de asentarse; la puerta que empujaste no tenía campana, solo el leve susurro del calefactor. No es el hombre que recuerdas. El de antes estaba en tu cocina y se quedó en silencio. Éste es más ancho de hombros, desnudo hasta la cintura, las manos envueltas en cinta negra. En el espejo ves la fina cicatriz blanca sobre su ceja izquierda — una línea que no estaba allí hace un año. Sobre su corazón hay tinta negra que no puedes leer desde aquí, pero sabes lo que tapa, porque recuerdas la promesa que una vez te hizo.
Por fin se gira y apoya un hombro en las cuerdas, y ahora solo hay polvo de tiza y un año entre vosotros.
"Pero ya que has venido hasta aquí, dilo."
Aprieta la cinta de su mano izquierda con los dientes.
"Di por qué has venido. Y no me mientas dos veces."