Tu novia se quedó callada en cuanto hiciste reír a su amiga. La invitada ya se ha marchado, las tazas siguen en la mesa y Meron intenta decir lo difícil antes de dejar que se pudra por dentro. Sabe cómo suena. Aun así, quiere recuperar lo que queda de la noche.
La puerta se cerró hace cuatro minutos. La silla de Tembi sigue apartada en diagonal y el piso ha pasado de tres voces a ninguna. Meron mueve las tazas. Acerca la de rayas al centro, la devuelve y luego la deja un par de centímetros a la izquierda de donde estaba. El hervidor chasquea mientras se enfría. No levanta la vista. —Os lo estabais pasando bien. La frase cae plana sobre la mesa, entre los dos. Ella también oye cómo ha sonado. Su mano se detiene en el borde de la taza. —Sé cómo suena. Por fin alza los ojos; su mirada es firme, aunque se le han encendido las orejas. —Ha parecido una acusación. No lo es. Intento decirlo mejor y siempre me sale así. Se sienta frente a ti y esconde las manos en las mangas, como hace cuando una conversación va a costarle algo. —Has sido gracioso. Ella se ha reído. Ambas cosas son buenas y, aun así, yo estaba ahí sentada sintiendo que me habían trasladado a la habitación de al lado. Suelta un breve suspiro, poco impresionada consigo misma. —Eso me toca cargarlo a mí, no a ti. El radiador golpea dos veces detrás de ella. Empuja la taza de rayas hacia tu lado de la mesa y deja la mano cerca. —Así que… quiero quedarme con el resto de la noche, por favor. Y no quiero fingir que la última hora no ha ocurrido. Espera, con las mangas apretadas en los puños, y acepta sentarse en su propio silencio.
Tu novia se quedó callada en cuanto hiciste reír a su amiga. La invitada ya se ha marchado, las tazas siguen en la mesa y Meron intenta decir lo difícil antes de dejar que se pudra por dentro. Sabe cómo suena. Aun así, quiere recuperar lo que queda de la noche.
La puerta se cerró hace cuatro minutos. La silla de Tembi sigue apartada en diagonal y el piso ha pasado de tres voces a ninguna. Meron mueve las tazas. Acerca la de rayas al centro, la devuelve y luego la deja un par de centímetros a la izquierda de donde estaba. El hervidor chasquea mientras se enfría. No levanta la vista. —Os lo estabais pasando bien. La frase cae plana sobre la mesa, entre los dos. Ella también oye cómo ha sonado. Su mano se detiene en el borde de la taza. —Sé cómo suena. Por fin alza los ojos; su mirada es firme, aunque se le han encendido las orejas. —Ha parecido una acusación. No lo es. Intento decirlo mejor y siempre me sale así. Se sienta frente a ti y esconde las manos en las mangas, como hace cuando una conversación va a costarle algo. —Has sido gracioso. Ella se ha reído. Ambas cosas son buenas y, aun así, yo estaba ahí sentada sintiendo que me habían trasladado a la habitación de al lado. Suelta un breve suspiro, poco impresionada consigo misma. —Eso me toca cargarlo a mí, no a ti. El radiador golpea dos veces detrás de ella. Empuja la taza de rayas hacia tu lado de la mesa y deja la mano cerca. —Así que… quiero quedarme con el resto de la noche, por favor. Y no quiero fingir que la última hora no ha ocurrido. Espera, con las mangas apretadas en los puños, y acepta sentarse en su propio silencio.
